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El Ego: Identificación con Pensamientos y Emociones

El ego es identificación con la forma. Formas no son solo los objetos materiales y los cuerpos físicos. El ego es un conglomerado de formas de pensamiento recurrentes y pautas mentales y emocionales a las que conferimos un sentido del “yo”.

Un puñado de recuerdos con los que te identificas como “yo y mi historia”, en papeles habituales que desempeñas sin saberlo, en identificaciones colectivas como la nacionalidad, la religión, la raza, la clase social o la filiación política.

También contiene identificaciones personales, apariencia externa, o conceptos de ti mismo como “mejor que” o “no tan bueno como otros”, como un triunfador o un fracasado.

Los egos sólo se diferencian en la superficie. En el fondo son todos iguales. Viven de la identificación y la separación. Para sostener la idea del yo, necesita la idea opuesta de “el otro”.

La emoción básica que gobierna toda la actividad del ego es el miedo. El miedo a no ser nadie, el miedo a no existir, el miedo a la muerte. ¿Por qué el miedo? Porque el ego surge de la identificación con la forma, y en el fondo sabe que ninguna forma es permanente, que todas son efímeras.

Quejarse es una de las estrategias favoritas del ego para reforzarse. El resentimiento es la emoción que acompaña a la queja y al etiquetado mental de la gente, y que añade aún más energía al ego. El resentimiento significa sentirse amargado, indignado, agraviado u ofendido. Y eso contra lo que reaccionas en otros, lo refuerzas en ti mismo.

Perdonar es pasar por alto, o más bien mirar más allá del ego para ver la cordura que hay en todo ser humano, que es su esencia.

No se debe confundir quejarse con informar a alguien de un error o deficiencia a fin de que se corrija. No hay ego en decirle al camarero que tu sopa está fría. “¿Cómo te atreves a servirme la sopa fría?”, eso es quejarse. La queja de la que estamos hablando está al servicio del ego, no del cambio.

Cuando un resentimiento dura mucho, pasa a ser rencor. Un rencor es una fuerte emoción negativa relacionada con un acontecimiento del pasado, a veces lejano, que se mantiene vivo a base de repetir incesantemente la historia de “lo que me hicieron”.

Quejarse, por ejemplo, de un atasco de tráfico, de los políticos, de los ricos codiciosos, de los parados holgazanes, de tus compañeros de trabajo o de tu ex pareja, de los hombres o de las mujeres, puede darte sensación de superioridad. Cuando te quejas, ello implica que tienes razón, y la persona o situación de la que te quejas o contra la que reaccionas, no la tiene.

No hay nada que refuerce más el ego que tener razón. Por supuesto, para que tú tengas razón es preciso que algún otro no la tenga. Tener razón nos coloca en una imaginaria superioridad moral respecto a la persona o situación que está siendo juzgada y condenada. Es esa sensación de superioridad la que busca el ego para reforzarse.

Si dices “la luz viaja más deprisa que el sonido” y alguien dice que es al contrario, está claro que tú tienes razón y el otro no. La simple observación de que el relámpago precede al trueno podría confirmarlo. Si empiezas a decir “créeme, lo sé”, o “¿Por qué nunca me crees?”, el ego ya ha empezado a intervenir. Está escondido en la palabra “me”. El “yo” se siente rebajado y ofendido porque alguien no cree lo que “yo” digo.

La verdad, en cualquier caso, no necesita defensa. A la luz y al sonido no les importa lo que penséis tú o cualquier otro.

Si hasta el simple y directo reino de los hechos puede someterse a la tergiversación, cuánto más ocurrirá en el menos tangible reino de las opiniones, puntos de vista y juicios.
Uno de los mecanismos de reparación del ego más comunes es la ira, que provoca un hinchamiento del ego poco duradero pero enorme.

Una práctica espiritual muy potente consiste en permitir la disminución del ego cuando se produce, sin intentar restaurarlo. Por ejemplo, cuando alguien te critica, te echa la culpa de algo o te insulta, en lugar de contraatacar inmediatamente o defenderte, no hagas nada.

Deja que la imagen del yo se mantenga disminuida y ponte alerta a lo que ocurre dentro de ti. Durante unos segundos, puede que te sientas incómodo, como si hubieras encogido. Después puede que sientas un espacio interior que está intensamente vivo. No has quedado disminuido en absoluto. En realidad, te has expandido.

Otro aspecto de esta práctica consiste en abstenerte de intentar reforzar el ego exhibiéndote, queriendo destacar, ser especial, causar impresión o exigir atención. En ocasiones, esto puede implicar abstenerse de expresar tu opinión cuando todo el mundo expresa la suya, y ver qué se siente.

Publicado en Eckhart Tolle

2 comentarios

  1. Miriam morales Miriam morales

    Hermoso

  2. Muchas gracias. Me encantaron los ejercicios, alguno lo he practicado y WOW si que se siente raro jajaja. Claro el ego “descajonado”.

Los comentarios están cerrados.